Una de las razones por las cuales por las cuales creemos que el país no ha progresado todo lo que podría haber avanzado es porque no existe una arraigada cultura del logro. En nuestra sociedad lo que más importa es el esfuerzo, no el resultado. Lo que cuenta es intentar una y otra vez, durante largas horas con mucho sacrificio; si se alcanza o no el objetivo, eso es asunto secundario. Muchas personas aceptan con resignación el fracaso de los demás si notan que trabajaron mucho para tratar de tener éxito. E incluso, en casos extremos, no se reconoce tanto el mérito de haber llegado a las metas sino se evidencia una ardua labor en el proceso.
Desde el ángulo de la sensibilidad humana es comprensible que no se exija tanto, que se acepten las derrotas si hubo buena lucha. Pero desde la perspectiva de la competitividad, es muy negativo que las medallas para los esfuerzos sean tan o más importantes que las medallas para los triunfos. Porque esto conduce a una organización pública o privada velozmente a la mediocridad. Y lo más probable es que hace que los mejores quienes sí consiguen buenos resultados se desmotiven y se retiren; o, peor aún, hace que pierdan su orientación al logro y simplemente se dediquen a hacer esfuerzos. Lo cual por supuesto termina haciéndole un gran daño a la institución.
Otro gran riesgo que se corre con la laxitud frente a los incumplimientos justificada por los benditos esfuerzos, es que aumenta las exigencias a los que si producen resultados, para tratar de obtener (en ingresos, reducción de costos, calidad, utilidades, etc.) lo que los demás dejaron de conseguir. Esto obviamente es un gran error gerencia, porque la solución para cumplir con el presupuesto total no es recargar a los mejores, sino despedir a los peores a quienes intentan infructuosamente.
El presidente de una empresa de sostenido desempeño sobresaliente nos relató que personalmente les decía a todos los profesionales recién vinculados a su compañía, en su primer día de trabajo, lo siguiente: “… Bienvenido, quiero que sepa que acá usted tiene un enorme potencial de desarrollo, usted decide hasta dónde quiere llegar, el horizonte es su límite. Pero quiero advertirle que en ésta empresa no nos impresionan os apellido, ni los títulos universitarios, ni las experiencias previas, ni las relaciones sociales o facilidad de expresión. Y nos conmoverán los muchos esfuerzos que usted haga; porque el único idioma que entendemos es el de los resultados. Quién lo consiga llegará muy lejos. Quien no, terminará más temprano que tarde trabajando en otro lugar, ojalá en la competencia…”
Algunos pensarán que esta actitud es una faceta más del llamado capitalismo salvaje. Pero no es así en realidad es una forma de manifestar claramente un compromiso indeclinable con el mejoramiento continuo. Sólo en las sociedades en donde se tienen altos estándares de desempeño y en donde los individuos y las instituciones progresan a punto de conseguir los ambiciosos objetivos que se propusieron, es donde se registran los mayores avances en la calidad de vida de sus ciudadanos, especialmente de los menos favorecidos.
Como bien lo expresó la destacada líder Indira Gandhi:
“No me cuente los dolores del parto, muéstreme la criatura”